jueves, 19 de septiembre de 2013

LA CABAÑA DEL ERMITAÑO


Como de costumbre salió de su cabaña cuando empezaba a clarear el día. El viejo ermitaño miró a la extensión que ante él se mostraba con un detenimiento especial, como si aquella fuera la última vez que contemplara aquel paisaje abrupto de árboles majestuosos y picos escarpados.
El día se despertaba claro para aquella época del años en la que solían abundar las nieblas, y una ligera brisa barría las nubes dejando que el sol calentara sus huesos. .Era como si la naturaleza quisiera ofrecerle un regalo en recompensa de tanto esfuerzo.
Hacía casi cuarenta años que el ermitaño había hecho una inscripción en una piedra de la pared de su cabaña con la fecha del día en que comenzó su personal aventura, mientras se conjuraba con  permanecer allí, en aquel lugar apartado de todo, hasta que consiguiera el fin que se había propuesto. Conseguir dominar su ego.
 
En otro tiempo había sido un hombre débil, que se dejaba llevar por los caprichos de la fantasía. Siempre en pos de satisfacer los deseos que le impedían saber quién era en realidad. Abandonado a la búsqueda de una felicidad que por lo efímera no le satisfacía.
Fue lo que se llama un hombre de éxito, que dejó innumerables enemigos a la vez que iba conquistando sus propósitos en una voraz carrera. Siempre necesitaba un nuevo reto que quemar, una nueva conquista que, cuando era conseguida, dejaba en su corazón un vacío difícil de llenar.
 
Cada día al salir el sol el ermitaño miraba la inscripción para renovar su juramento. Al principio fue un acto de voluntad el vivir en aquel lugar privado de comodidades, sabiendo que unos kilómetros más abajo podía disponer de todo lo que echaba de menos. Pero poco a poco, los deseos se fueron diluyendo, hasta el punto de que aún, aquellos pequeños privilegios que todavía tenía  llegaron a sobrarle, pero aún así, aquel hombre enjuto, acariciaba cada día la inscripción.
 
Como digo, hacía casi cuarenta años que vivía en aquella cresta olvidada. Solamente la visita cada tres meses de Lee,un hombre joven del pueblo del valle, ponían un poco de distracción a su quehacer cotidiano, que básicamente consistía, como decía él entre pequeñas risas cuando Lee le preguntaba, en no hacer nada.
Lee desde joven le aprovisionaba de un pequeño saco de arroz, otro más pequeño de sal, y de unas varas de incienso que los  habitantes del valle le ofrecían para que el hombre santo, como le llamaban, intercediera por ellos en sus rezos. Él recibía aquellos  presente con agradecimiento,  aunque los largos años de meditación y austeridad habían socavado sus necesidades.
 
 En aquella mañana había algo diferente. Parecía como si aquel paisaje tan cercano quisiera despedirse ante sus ojos cansados. Caminó hacia la piedra plana que desde el primer día le sirviera de asiento  al amparo de un majestuoso pino negro, y tomó la posición de loto, ahora tan adaptada a su cuerpo enflaquecido pero ágil a pesar de su edad. Hizo una respiración honda para tomar conciencia, y  entornando los ojos musitó mentalmente la oración que repetía cada vez que allí se sentaba: Me siento al amparo de tu benévola sombra, para recibir la determinación que otros tantos hermanos en el camino dejaron sobre esta piedra al pié de tus raíces, con la esperanza de que esta determinación sea renovada en aquél que ha de venir a buscarse a  tu sombra.
Después, lentamente su conciencia descendío hacia lo rotundo de la verdad, quedando en un estado de contemplación que desafiaba al tiempo.
 
Durante ese tiempo aparecieron todos sus fantasmas del pasado. Él los veía desde fuera, mientras, en vano, pretendían agitar su mente. El viejo ermitaño dominaba sus emociones hasta el punto de que estas carecían de la fuerza necesaria para desconcentrarle. Su mente ahora era como un espejo donde se reflejaban todas las pasiones, los miedos y los deseos que habían marcado su vida. Eran sólo reflejos de su antigua debilidad que ya no podían perturbarle, y una sensación de plenitud le recorrió el  cerebro. Cuando abrió los ojos ya casi había anochecido, y los árboles lucían sus siluetas compactas y oscuras. Entonces advirtió que  Lee le miraba desde la puerta de la cabaña no sin extrañeza. Él nunca había visto a aquel hombre resplandecer como ese día. Cuando llegó a media mañana con su pequeño cargamento le vio allí sentado como otras muchas veces, pero algo llamo su atención, algo sutil, como una voz interna que le dijera que algo inusual por fin estaba pasando. Era como si después de un largo camino cargado de penurias e inseguridades,  al salir de un recodo apareciera ante uno, con todo su esplendor, el prodigio reparador de la meta buscada.
El viejo miró a los ojos de Lee, y le tocó la frente. Su mirada era de comprensión y bondad, tan limpia como el agua que corría por el arroyo cercano, y entonces comprendió el por qué durante estos años, desde que era un adolescente, había emprendido cada tres meses el camino hasta la cabaña con su ligero cargamento sin que nadie se lo dijera, ni obligara.
El ermitaño entonces entro en la cabaña y miro a su alrededor observando cada rincón de esta austera estancia como para despedirse de aquello que había sido su mundo, después  salió, y sin decir palabra se adentró en el bosque en dirección al valle.
Lee le vio partir en silencio sin mirar atrás, y un sentido de determinación le recorrió todo su ser. Cogió una piedra puntiaguda y eligiendo una  de la fachada de la cabaña araño una fecha. Su fecha. La fecha en la que él comenzó su viaje. 

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